jueves, 3 de abril de 2014

LÁGRIMAS DE MIEL

LÁGRIMAS DE MIEL
La cuna se humedecía con las lágrimas de una  joven morena.
Incauta, la naturaleza, que no entiende de prejuicios ni formularios, le había tendido la trampa. Se había atrevido a entregarse a un hombre sin cumplimentar antes  los oportunos documentos.
Sentía sobre sí las miradas de rechazo cuando subía la empinada cuesta. También las lascivas de algunos que pensaban en ella como presa fácil de conseguir por el hecho de tener un hijo sin pedir permiso a toda la comunidad.  Las vecinas evitaban mirarla cuando pasaba cerca.
Tiempos difíciles. La familia, avergonzada, otorgaba sin tener otro remedio. ¡Una mancha en la familia! Años de intachable reputación tirados por la borda.  El autor de los hechos trabajaba en un barco.
                                                    ***
Un día salió a faenar llevándose los sueños de un amor, y dejando a una mujer que gestaba a un hijo destinado a ser recordado por siempre. Una tormenta hizo zozobrar su barco. Nunca más se supo de él.
***
El mar se divisaba desde el balcón de las buganvillas. Acunaba a su niño y  miraba cómo salían los barcos cargados hacía el Nuevo Mundo. Un día marchó dejando tras de sí brisas perfumadas de brumas del mar y jarales de los montes. Se llevaba a su hijo… Incógnitas, misterios…
Quedó una cuna vacía. El viento la mecía en arrebatos de lágrimas derramadas. ¿Es justo arrebatar el inmenso placer de la maternidad?  ¿Sabemos de qué se vale la naturaleza para crear un genio? Cada ser humano que nace puede serlo. No importan los documentos previos.  Esperemos expectantes respetando a toda mujer que se expone para que surja el milagro.
***
En la torre del homenaje aparecieron nuevas insignias. No era feudal ni de regio linaje el señor de las nuevas huestes.  Quedaban lejos los tiempos en que las doncellas cubrían sus cabelleras con finos velos. 
Las que ahora paseaban por los salones del castillo, decorados con blasones, pendones y armaduras, lucían ajustados vestidos que modelaban su figura y dejaban adivinar  sus torneadas piernas.
Tampoco sonaban acordes de laúdes arpas y clavicémbalos. Había una orquesta de afinados Instrumentos  manejados por artistas especializados, como correspondía  a  tan destacado  anfitrión.
El ambiente medieval contrastaba con el lujo derrochado por doquier. Coches de gran categoría, privilegio de unos cuantos. Joyas de valor incalculable. Se inauguraba el capricho de un señor mimado  por la fortuna.
Se podía permitir comprar un castillo medieval y transportar a  decenas de invitados a miles de kilómetros de distancia para festejarlo. De prestancia varonil, su gran porte y su historial profesional harían sentirse orgullosa a cualquier nación de contar con su presencia. El genio, el artista, el señor que todo lo podía comprar, guardaba secretos.
***
Se miraba al espejo…  ¿Qué veía?:
Veía a un hombre enamorado de unos ojos negros clavados en su memoria que jamás podría encontrar. Un sueño que le tenía obsesionado por la frecuencia con que se repetía:   “Un balcón con buganvillas  y brisas perfumadas con jarales de los montes.”
--¿Dónde están esos ojos negros? ¿Dónde ese balcón de buganvillas?
Paseaba por su castillo en las noches de insomnio. El misterio se le hacía cada vez más y más insoportable. Desde las almenas de su torreón, miraba los campos queriendo encontrar una respuesta a su inquietud, a su terrible ansiedad.  Psicólogos y entendidos en la materia temían por su salud mental.
***
El transeúnte  dormía  en el banco del jardín del los ficus centenarios.  Los parterres de las rosas se deshacían en perfumes con el rocío de la noche. El caminante  aprendía idiomas recorriendo caminos sin fin. Los pajarillos que dormían junto a él se contaban historias antes de alzar el vuelo.  Se decían unos a otros:
-¿Con porte de gran caballero, y durmiendo en un banco del jardín?
-Tenemos un intruso 
-No temáis -decía el transeúnte— yo voy de paso. Busco un balcón con buganvillas, con brisas perfumadas con jaras de los montes.
La verja del jardín, que de noche se veía negra, de día se volvió dorada. Una mujer bella, de pelo negro, clavó sus ojos en los suyos y rompió  el  hechizo.
-¿Qué te ha pasado? ¿Por qué un hombre como tú anda de transeúnte por la vida?  –Le dijo.
-Busco un balcón con buganvillas y unos ojos como los tuyos.
-Sal de tus sueños, yo te ayudaré. Te llevaré a un lugar donde podrás recuperar tu perdida tranquilidad. Encontraremos juntos jarales y ese balcón que, con sus brisas marinas, te hará sentir fantasías sin fin.   Soñaremos  que navegamos para encontrar un castillo donde habrá cuentos  fantásticos que asombrarán al mundo.
***
De los fondos marinos han sacado un barco romano a flote. Un potentado lo ha restaurado, de manera que sólo algún privilegiado puede hacerlo, para regalarlo a un amor de ojos negros. Juntos navegan en solitario por mares de cálidas aguas.  Buscan casitas con empinadas cuestas y balcones con buganvillas.
***
Un día, paseando por una villa rocosa con historias milenarias, la vista del balcón se hizo patente.
¡Allí estaba el soñado balcón!
Todavía se mecía la cuna con el golpe de los vientos. Las buganvillas  llenaban de colorido el lugar y se movían con la brisa del mar, despidiendo  perfumes de las jaras del monte.
-No llenaré  mi balcón de ánforas milenarias, ni glorias de estos tiempos, -se decía-. Se secaron con los vientos las lágrimas derramadas sobre mi cuna.  Daré mi fruto al lugar donde encontré cobijo.
-¡Encontré el balcón de mis recuerdos!  
-¡En mis recuerdos lo guardaré en arcón cerrado con siete cerraduras! 
-¡He vuelto!  Me acompañan unos ojos negros…  Más los de mis sueños.
-¡Tenían lágrimas de miel!







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