jueves, 19 de diciembre de 2013

ELIMINAR

El pánico fue  general. El avión había sido secuestrado y navegaban hacia un destino incierto. El océano infinito quizás sería la ultima morada de aquellos viajeros que llenos de ilusión partieran de un seguro y apacible hogar.
Los acontecimientos se sucedían  del modo más inesperado. La tripulación de a bordo, dando muestras de su gran profesionalidad, transmitía tranquilidad al pasaje. La angustia colectiva cada vez iba en aumento. Por fin, como si de un milagro se tratara, sonó una voz que gritaba "tierra". Quedaron solos  en un lugar extraño. Desembarcaron a la mitad del pasaje en un claro  de una selva  inhóspita y emprendieron vuelo dejando a unas personas aterrorizadas sin  viandas ni equipaje.

Entre el grupo de veinte personas se hallaban un científico y un periodista. Fueron en su día compañeros de universidad y, por cosas del destino, se hallaron juntos en esta tremenda circunstancia. Se unieron para hacerse cargo de la situación. En el grupo había hombres y mujeres de diversas edades, por suerte no había niños. Todos se agruparon queriendo arroparse unos con otros. El profesor tomó la palabra y  les habló : 
-Señores, en estos momentos difíciles, es cuando más hay que conservar la calma. Pronto llegará la noche, es preciso encontrar un lugar seguro y agua. Debemos hacer grupos de tres e inspeccionar un radio de quinientos  metros. Todos volveremos  al punto de partida.

Cuando vemos los maravillosos paisajes selváticos, a todos nos parecen idílicos. La realidad es otra cuando te encuentras en la situación de nuestros protagonistas. Todos volvieron desolados, faltaban por llegar el profesor y su amigo periodista. Ya empezaban a alarmarse cuando les vieron llegar. 
-Señores, tengo que comunicarles que ya sabemos dónde estamos con toda seguridad -dijo el profesor- vamos a hacernos un cobijo para pasar la noche y mañana, seguro que encontraremos solución a nuestro problema.
Con el profesor como guía, llegaron a un lugar donde una "especie de pinos" habían crecido en círculo haciendo un habitáculo donde cabían todos holgadamente, no eran muy altos, pero sí muy tupidos, tenían las hojas blandas y un verde claro. 
-Estamos en "Tasmania" -dijo el profesor- esta especie de pino sólo  crece aquí, es el pino "Huon" de crecimiento muy lento, puede llegar a vivir diez mil   años. Por estos contornos debe haber un guarda por ser éste un espacio protegido.
Encendieron una hoguera. Nadie llevaba fuego, pues en los aviones no está permitido. Con sus lentes y  hojarasca, el profesor hizo el fuego aprovechando los últimos rayos del sol. Hicieron lechos con hojas secas que transportaban con sus propias camisas y acordaron hacer turnos de guardia.
Todos dormían. Estaba por llegar lo más sorprendente. Hacían guardia el profesor y su compañero, cuando una nave no identificada la vieron posarse no lejos de allí. Con curiosidad y sigilo fueron acercándose. Largo rato anduvieron observando, llegando a la conclusión de que era dirigida a distancia. Por pequeñas aberturas,  algo así como rayos láser salían dirigidos hacia varios pinos de la variedad Huon diseminados por el entorno. La curiosidad del profesor pudo más que su prudencia, fue acercándose y apoyó su mano en una hendidura y una puerta se abrió; sorprendido, no lo dudó un instante, penetró en el interior. La nave circular estaba rodeada de una  máquina ordenador. Su alto grado de preparación pronto le puso en aviso de lo que estaba sucediendo. Descifró códigos y llegó a la conclusión de lo que la contraseña "eliminar" quería decir. La máquina estaba leyendo la evolución de miles de años del planeta y de la raza humana. Había recibido respuesta a los mensajes enviados y, en esa respuesta había una orden: "Humanos corruptos sin solución, ELIMINAR" Con la velocidad que da el instinto de conservación, cambió el código "eliminar" por el de "autodestrucción en diez minutos"; salieron a toda prisa  y se ocultaron tras un montículo. La explosión no se hizo esperar, despertando la alarma de todos.  No dieron detalles de lo sucedido, ambos hicieron  juramento de llevar su secreto a la tumba.

A la mañana siguiente formaron una expedición que salió en busca del guarda forestal. La supervivencia  por un tiempo era posible, pues no lejos había un arroyo de aguas cristalinas con un remanso donde los peces habían proliferado. También  encontraron un árbol  del pan, muy propio de esas latitudes.
Los expedicionarios tuvieron éxito y todos fueron repatriados a sus lugares de origen. Pasará mucho tiempo antes de que tengan ganas de volver a viajar.

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